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25 junio, 2019

Hijos e hijas de la Contraofensiva-Montoneros-Represion

https://juiciocontraofensiva.blogspot.com/2019/06/cronicas-del-juicio-dia-10-cuando-paso.html
Benjamín Ávila, conocido por ser el director de la película Infancia Clandestina, contó en su testimonio la dolorosa historia de pérdidas y desmembramiento familiar. Los secuestros de su mamá, Sara Zermoglio, y el de su pareja, Horacio Mendizábal. Lo que más conmovió, sin dudas, fue el relato de la separación con sus hermanos, Martín y Diego, con quienes reconstruye una relación que nunca debió ser rota. (Por Fernando Tebele para El Diario del Juicio*) 

Foto de portada: luego de la declaración, Ávila sostiene la foto de su madre y abraza a su pareja. Los más jóvenes son sus dos hijos. Están también sus hermanos. A la derecha su tía, Diana Zermoglio. Sobre la foto de su madre, una amiga, y la segunda de la izquierda es la madre de sus hijos. (Fabiana Montenegro/DDJ)

Colaboración: Valentina Maccarone/Agustina Sandoval


"El lema de los organismos de derechos humanos es Memoria, Verdad y Justicia. La memoria es colectiva, la hacemos entre todos. La justicia es de la que es responsable el Poder Judicial. Pero la verdad es la que siempre falta. Y quienes la saben, tienen el lugar para decirlo y no lo hacen. Reconstruir la pacificación de la Argentina significa que aquellos que saben la verdad, tengan el coraje de asumirse responsables y decirnos: dónde están nuestros padres, dónde están los desaparecidos, porque la verdad es que nosotros, los hijos, los familiares, las madres, las abuelas, si hicimos algo fue respetar a la justicia. Y si hicimos algo fue no tomar revancha personal. Hemos dado todos los indicios para saber que queremos la pacificación de la Argentina. Los que evidentemente saben la verdad... y lo que necesitamos nosotros desde lo personal y familiar, es que hablen y que digan dónde están nuestros familiares y qué pasó con ellos".
Ese es el final. Benjamín Ávila acaba de terminar su testimonio, uno de los más esperados y angustiantes de este juicio. Su historia de "niño de la Contraofensiva" se difundió a través de la película Infancia Clandestina, que él mismo dirigió. Ya, en ese cierre, se nota que no lo es, pero durante buena parte de su denso relato, interrumpido varias veces por el llanto y la angustia, parece que fuera aquel niño otra vez. Aunque algunas diferencias son notorias: sabe, entiende y habla más. Aun así, su adultez, ya casi pisando los 50, no lo exime de desconocer demasiado. Entonces pide, con tono sereno y nada exigente, saber toda la verdad. Pero ese es el final. Ojalá su vida, la de sus hermanos Martín y Diego, la de su mamá Charo, la de su papá de crianza Horacio Mendizábal, fuera apenas una buena película, de la que pudiéramos decir que el guionista ha exagerado, desvirtuando la realidad. Ese fue el final.

***

Benjamín Ávila dio un testimonio que conmovió a la mayor parte de la audiencia en la sala. 
(Foto: Fabiana Montenegro/DDJ)

Benjamín ingresa a la sala de audiencias con su campera en la mano. Afuera las nubes oscurecen la tarde y cae una tímida lluvia,  insoportable. Tiene una camisa de jean celeste, desabotonada, que deja ver la pancarta colgada en el pecho. La imagen es la de su mamá: Sara Charo Zermoglio. Se la ve con su rostro divino, dibujada casi con perfección. Estática en el blanco y negro de una vida aplastada por el genocidio.
Cuando la fiscal Gabriela Sosti da inicio a su relato a través de una presentación, lo pone como centro de la dramática historia. Es el hijo de Charo, desaparecida, pero también es él, el Benjamín niño, secuestrado.

—Buenas tardes Benjamín. Bueno, yo tengo presente que vos fuiste víctima de secuestro durante la última dictadura cívico militar y no solamente vos, sino otros miembros de tu familia, particularmente tu mamá. Así que te voy a pedir si por favor le podés relatar al tribunal las circunstancias de ese tiempo, en qué consistía la militancia de tu madre, la persecución y cómo suceden los distintos secuestros —da pie Sosti.

¿Por dónde arranco?, habrá pensado en los días previos Benjamín, mientras tosía, acostumbrado a que su cuerpo se queje ante una cita como esta.

—Mi madre era militante de Montoneros, y nosotros estábamos exiliados en Cuba desde el año ’77. Hasta el ‘79 estuvimos exiliados ahí. Y en el principio del ‘79, aproximadamente, por algunos hechos que vivimos, podemos deducir que ya en abril estábamos en Argentina. En ese momento yo tenía 7 años. Perdón, en realidad tenía 6 años, cumplo 7 acá en Argentina. Mi mamá tenía 26. También estaba Martín Mendizábal, que es el hijo de Horacio; y Diego, que es mi hermano en común con Martín.

La ensalada familiar merece repaso. Ojalá hubiera quedado simplemente en eso, en un ensamble familiar que habilitara alguna confusión de vez en cuando. Benjamín es hijo de Sara Charo Zermoglio y José Pepe Ávila, pronto se separaron. Charo estuvo luego en pareja con Guillermo Ernst Miliki, militante de la Columna Norte de Montoneros en Tucumán, donde lo asesinaron. En esa secuencia de años, contada rápidamente como si los amores fueran tan sencillos, Sara y Horacio Mendizábal se enamoraron. Comenzaron a convivir. Ella tenía a Benjamín y él a Martín. Luego, juntos, le dieron vida a Diego. Retoma Benjamín. “En la clandestinidad conoce a Horacio Mendizábal y comienzan un vínculo, una relación muy fuerte. A partir de ese momento estuvimos clandestinos; yo estuve con ellos y con Martín. En un momento del ‘77 nos exiliamos, no sé exactamente la razón por la cual decidimos irnos, no tengo memoria de eso, tenía 4 años en ese momento. Pero nos vamos a Brasil y estamos un mes. De ahí vamos a México y de México, yo y mi mamá nos vamos a Cuba, recuerdo esa noche perfecto”, dice, y se adivina que está viendo las imágenes de aquel viaje nocturno. “Martín y Horacio se quedan en México un tiempo y tiempo después van a Cuba, y a partir de ese momento que estamos todos en Cuba, convivimos y vivimos en un edificio frente al mar de La Habana. Y ahí empezamos a ir, Martín y yo, al colegio. Martín empezó primer grado, yo jardín de infantes, y después pasamos yo a primer grado y Martin a segundo grado, ahí en La Habana, que llegamos hasta la mitad de curso porque ya en marzo nos habíamos ido. Y de ahí empezamos un período de clandestinidad; nos vamos de La Habana, pasamos por Perú, de Perú junto con Carmen Courtaux y Daniel no me acuerdo el apellido de Daniel (Zverko), son la pareja con quien en los papeles pusieron que nosotros dos fuéramos hijos de ellos. Y entramos clandestinamente al país vía Uruguay, nosotros supuestamente éramos uruguayos”, narra.
A diferencia de otros relatos, en los que se cuentan con detalles los años de la salida del país, Benjamín se interna con rapidez en el regreso. Ya más grandecito, los recuerdos aparecen con mayor nitidez. En ese retorno ya estaba Diego, con apenas tres o cuatro meses. Los tres niños, entonces, ingresan desde Uruguay como hijos de Zverko y Courtaux.

Semana Santa y choque familiar

Benjamín parece sereno. Sin rodeos va trazando el mapa familiar. Fija un punto resaltado en el sábado de la Semana Santa del ‘79. Allí dibuja una cumbre familiar de las hermanas Zermoglio en la casa de su abuela, Rosales 39, en Ramos Mejía. “Me acuerdo perfecto esa dirección porque fui muchas veces después también. Mi madre aparece y tiene un encuentro con mi abuela y con la hermana de mi mamá, con Diana, donde de alguna manera mi madre le hace entender que si quieren vernos a nosotros, a los chicos, tienen que seguir sus directivas. Tienen una discusión muy fuerte porque de no saber nada a entrar y pretender que nos sigan como si nada pasara, hubo una discusión fuerte familiar”. Desde otro plano, la semana pasada escuchamos el punto de vista de Diana Zermoglio, la hermana de Charo, que participó de ese encuentro:

—Si aceptan seguir las condiciones de seguridad que vamos a poner, van a poder ver a los chicos —contó Diana que les dijo Charo a ella y a la mamá de ambas.
—No, no voy a aceptar las condiciones de seguridad de ustedes.

Durante la audiencia de hace dos semanas, al recordar aquel diálogo, Diana agregó: “En esa época no me parecía bien aceptar esas condiciones, quedar a merced de condiciones de seguridad de gente que yo no conocía, no sabía qué iban a hacer, no me sentía segura. Yo no quise. Entonces estalló una discusión que ojalá pudiera recordar las palabras que nos dijimos, pero no las recuerdo. Fue una discusión”. Lo cierto es que no se encontraron con los chicos. La familia de Mendizábal, se desprende de lo que cuenta Benjamín, tomó otra decisión. “Yo iba a la tarde al colegio y hay un hecho concreto ahí que Horacio llega a un dia a la casa con su mamá Rosita tabicada. Tabicada es cuando están los ojos vendados para que no vea donde estábamos. Era su cumpleaños”, aclarará para quién pudiera no saber, quizá deformación profesional de no dar nada por sobreentendido. “Mi mamá cumple exactamente el mismo dia que Rosita, el 5 de mayo, por eso festejábamos los dos. Era toda una sorpresa que aparezca Rosita, para Martín mucho más porque la conocía. No recuerdo si esa noche se quedó, pero Horacio se tomó esa licencia de llevar a su madre a su casa, era raro para nosotros. No era raro todo –aclara- porque entendíamos perfectamente lo que pasaba, pero era raro que apareciera Rosita”.

Benjamín continúa con su relato. El calor en la sala sofoca. “Suponemos que esa casa es en Luján, que era una casa completamente compartimentada; cuando digo compartimentada significa que nadie sabía, porque hasta el día de hoy no conocemos a nadie que nos pueda dar un dato certero de esa casa. En esa casa empiezo a ir al colegio, con otro nombre, clandestinamente. Yo me llamaba Sergio Astrada. Estaba en segundo grado”. Allí recuerda que eran los cinco: mamá, Horacio, Martín, Diego y él. “En esa escuela Martín pasaba un tiempo con nosotros y otro tiempo con su madre, Susana Chana Solimano. Después volvió a estar con nosotros otro tiempo y cuando pasó todo en septiembre ya no lo volvimos a ver”. La mayor parte de las personas que estamos allí, con más o menos datos, conocemos la historia de Benjamín y sus hermanos. Será por eso que imaginamos lo duro que será poner en palabras el “cuando pasó todo”.

Ávila reconstruye una de las casas por las que pasó. (Foto: Fabiana Montenegro/DDJ)

Maní con chocolate

Así se iba a llamar la película en la que Ávila exorcizó socialmente su historia familiar. “Hubo una época que fuimos a una casa, un lugar que los compañeros usaban clandestinamente, armaban cajas de maní con chocolate. Para nosotros, los chicos, era muy divertido. Ahí pasaron un par de incidentes concretos”. Recuerda que a Martín lo mordió una gata y que hubo que salir corriendo para darle la antitetánica. “Y también que hubo una discusión muy fuerte entre la pareja que estaba en la casa y su hijo adolescente. No me acuerdo si él o ella fue el que se fue de la casa y nosotros nos quedamos ahí. Una situación bastante tensa. No lo recuerdo a Horacio en esa casa. Esa noche. después de ver un partido que Martín se acuerda bien que era la revancha de Holanda-Argentina del Mundial 78, que sucedió el 25 de mayo aproximadamente, en Berna. Entonces para esa época fuimos a esa casa y después volvimos adonde vivíamos. Pasamos un dia o mas, no lo recuerdo. No recuerdo quienes eran. Capaz Martin sí. Yo me acuerdo perfectamente de los espacios y él se acuerda perfectamente de las caras y los nombres, entonces nos complementamos un poquito. Eran compañeros. Los chicos armabamos cajas de maní con chocolate y ellos guardaban dinero ahí, lo usaban para llevarlo”, recuerda Benjamín.
Martín está justo detrás suyo. Se podría suponer que en esa anécdota donde sobrevuela una complicidad entre ellos, quizá pudiera esbozar una sonrisa. Pero permanece quieto, salvo sus manos. Las tiene entrelazadas inseparablemente durante toda la audiencia. Con el pulgar derecho aprieta su palma izquierda. Dibuja sin formas. Aprieta y descarga algo de su bronca. Poco, muy poco de toda su bronca acumulada. Está viendo y escuchando en este juicio todo lo que fue reconstruyendo a lo largo de estos años acerca de la caída de su padre, junto a Armando Croatto, en un supermercado de Munro. Pero el que está ahí ahora es aquel niño mayor que él que se convirtió en su hermano en el ensamble familiar, pero siguió siendo su hermano en la separación que vendría. Martín Mendizábal está por escuchar de nuevo cómo fue el día que secuestraron a su padre. Es otra mirada sobre la misma escena. Esta vez desde los ojos de Charo y la voz de Benjamín.

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