05 abril, 2022

LAS DOMADORAS DEL PARANÁ-Periodista: Carina Bazzoni

 Nota completa

Fotoperiodista: Celina Mutti Lovera

En medio de la pandemia de Covid-19 y la extraordinaria bajante del río Paraná, una cooperativa busca mejorar los ingresos de un grupo de mujeres que vive de la pesca artesanal, uno de los eslabones más delicados de la emergencia hídrica que afecta a siete provincias argentinas, entre ellas las del Litoral.

“Es lo que hay”, dice María Barrios y se encoge de hombros. Las cuatro palabras suenan cada vez con más frecuencia en el galpón de la Cooperativa de Trabajo ”Fisherton – Pueblo Esther”, estratégicamente ubicado frente al Paraná, en la bajada Balbi, a unos 30 minutos en auto de la ciudad de Rosario (la urbe más poblada de la provincia de Santa Fe).

Mientras habla, la pescadora y referente de esta cooperativa mira los cinco sábalos plateados que sacó del río ese miércoles, después de una larga jornada de recorrer las redes sin mucho éxito. De a uno, los acomoda sobre una tabla, los mide con las manos y hunde el cuchillo en la panza blanca y blanda. Con pericia, en unos minutos despina la poca pesca del día.

En los primeros días de otras primaveras, la mujer hubiera vuelto con su canoa repleta de pescados. Pero en los dos últimos años las desgracias cayeron como plagas en este barrio de pescadores artesanales. A mediados del año 2019, antes del inicio de la pandemia de Covid-19, el Paraná comenzó un proceso intenso de pérdida de caudal que lo llevó en 2021 a su peor bajante en más de 70 años.

La reducción del nivel del río, uno de los más bravos de América, no sólo es abrupta sino prolongada. Entre las causas determinantes para la histórica bajante se encuentra el déficit de precipitaciones en las cuencas brasileñas del río Paraná, del Uruguay y del Iguazú, en un escenario de mayor variabilidad climática como consecuencia del calentamiento global y de cambios profundos en el uso de la tierra por la extensión de la frontera agropecuaria a lo largo de toda la cuenca.

Después de analizar las mediciones de los caudales medios diarios del Paraná a lo largo de 117 años, desde 1905 a 2021, investigadores de la Universidad Nacional de Rosario concluyeron que “la disminución observada en los años 2020 y 2021 puede relacionarse sustancialmente a lluvias medias anuales muy por debajo de las consideradas normales en el último período”. Esto destaca un trabajo presentado en las XV Jornadas de Ciencias, Tecnologías e Innovación de la universidad pública rosarina que lleva las firmas de Pedro Basile, Gerardo Riccardi y Marina García.

La bajante de estos últimos dos años transformó el paisaje de los humedales: las costas se ampliaron, dejando a la vista la arena y el limo que le dan al río su color marrón y emergieron varias maravillas que habían quedado sepultadas por el agua: fragmentos de un viejo puente en la ciudad de Santa Fe, antiguas anclas a la altura de Ramallo y, en la ciudad de Paraná, una ermita de la Virgen de Guadalupe que se había hundido a principios de 1991 tras una creciente.

LA BAJANTE CAMBIÓ LA FISIONOMÍA DEL BARRIO DE PESCADORES.

En la zona de islas, los cambios fueron más sobrecogedores. Muchos de los riachos y lagunas que dependen del cauce principal del río se secaron y los peces perdieron parte de su lugar para reproducirse.

Los cinco sábalos que limpia María en el galpón de la cooperativa de pescadores, son otra cara de la crisis ambiental: “Las lagunas donde íbamos a buscar el pescado están secas. En la isla ahora hay campos sembrados, hay máquinas, hay vaquitas. Está todo arrasado”, señala la mujer y pronostica: “si esto sigue así, en dos años nos quedamos sin pescados”.

Resistir juntas

La cooperativa de pescadores Fisherton de la localidad de Pueblo Esther nació hace diez años. Está integrada por 19 personas, donde las mujeres son siete, la mayoría dedicada a la elaboración de alimentos en base a pescado.

María está al frente del proyecto, que busca sumar valor agregado al trabajo de las y los pescadores. En el grupo están quienes pescan, quienes limpian y despinan y quienes cocinan las empanadas, albóndigas, milanesas o canelones que, congelados, venden en ferias y mercados.

“La vida del pescador y de su familia es durísima”, afirma Marcela Báez, cuñada de María y jefa de cocina. El adjetivo no alcanza para resumir las muchas horas de trabajo a la intemperie, de noche, de madrugada, con frío, con lluvia, con sol, con mosquitos, con el cuerpo cansado y la humedad que cala los huesos; sin sueldo fijo ni beneficios sociales.

La cooperativa nació como un intento de enmendar esta cadena de miserias, de mejorar los ingresos de las y los pescadores y, al mismo tiempo, cuidar el recurso de la voracidad de los frigoríficos que pagan poco por el pescado: aún en épocas de escasez de oferta, como la actual, la retribución por el kilo de sábalo puede llegar a 100 pesos, hasta cinco veces menos de lo que se vende en algunos supermercados del centro de la ciudad de Rosario, que apenas alcanzan para comprar medio kilo de pan.



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