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24 octubre, 2017

A 50 años de la ejecución del Che, un pueblo boliviano lo recuerda como si hubiese sido ayer

LA HIGUERA, Bolivia — Irma Rosales, cansada tras décadas de atender su pequeña tienda, se sentó una mañana con una caja llena de fotos y recordó al extraño que hace cincuenta años fue ejecutado en la escuela local. Contó que su cabello era largo y grasoso, sus ropas estaban tan sucias que podrían haber sido las de un mecánico. Recordó que no dijo nada cuando ella le llevó un plato de sopa poco antes de que se escucharan las balas. El Che Guevara había muerto. Acaba de cumplirse medio siglo de la ejecución de Guevara, el médico argentino cuyo nombre de pila era Ernesto y que dirigió a columnas de guerrilleros desde Cuba hasta el Congo. Fue un hombre que combatió a Estados Unidos durante la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, el mismo que pronunció un discurso ante las Naciones Unidas y predicó sobre un nuevo orden mundial dirigido por los marginados de las superpotencias. Su vida brillante solo fue opacada por el mito que surgió con su muerte. La imagen de su barba desaliñada y su boina con una estrella se convirtió en la tarjeta de presentación de los revolucionarios románticos de todo el mundo. A lo largo de varias generaciones, se le ha visto en todas partes: desde los campos selváticos de milicias hasta los dormitorios universitarios estadounidenses. Sin embargo, los pobladores de La Higuera que vivieron esa época narran una historia mucho menos mítica, que describe un episodio corto y sangriento en el que un rincón olvidado de esta provincia montañosa se convirtió en un campo de batalla de la Guerra Fría.

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